Saturday, September 19, 2026

Rota



Dejé de escribir. 

Una parte de mí me dice que dejé de escribir al mismo tiempo que dejé de ser yo. Hay un romanticismo inexplicable asociado a la vida corporativa, en donde un título puede llegar a definir nuestro valor o qué tanto se justificó lo que pagaron nuestros padres por una escuela, las maestrías, los  estudios internacionales… De cierta manera, el mundo y la sociedad nos hacen pensar que si no escalamos el “ladder”, como se dice en el mundo laboral, no sirvió de nada todo lo que invertimos. Y ahora que se acerca mi último día en este mundo corporativo, comienzo a experimentar un vacío inmenso del tiempo que invertí, las energías, las ganas y que creo muy pocos, si no es que nadie, en realidad ponderó (bueno, Mario sí porque el pagó los platos rotos). Ha sido tremendamente doloroso terminar esta etapa con el peor resultado en encuestas de satisfacción, en retroalimentación como líder y creo que es un aprendizaje y una lección de vida de que no importa qué hagamos, no importa qué tanto nos esforcemos, no importa qué tanto corazón le pongamos a las cosas laborales corporativas, en realidad la única retroalimentación que importa es la de nuestra familia, la de nuestros hijos, la de nuestras amistades y quienes están ahí en nuestros momentos buenos, malos y peores. Y no me malinterpreten, no es que no sea agradecida de todo lo que el trabajo me ha dado, sin duda fue un vehículo para hacer realidad muchas metas (no sueños). Lo irónico es que me desviví por ser una líder, entre comillas, “buena” cuando en realidad lo que realmente importaba era desvivirme por ser una buena madre, una buena hija, una buena esposa y una buena persona. Y yo creo que eso ha sido lo más triste, darme cuenta que nada de lo que hice en el mundo corporativo, en realidad, valió la pena (para quién, para qué…).

Me llevo en el corazón el agradecimiento del papá de Tania (QEPD), quien y fue a la oficina personalmente, a dar las gracias por todo lo que hice por su hija y en realidad yo no hice nada, yo solo oré mucho por ella, le escribía todas las semanas para ver cómo iba su tratamiento y me preocupé por ella como ser humano, no como “reporte directo”.  Qué lecciones tan grandes me están tocando aprender. 

Me voy de un puesto que nunca pensé llegaría a tener, pero al mismo tiempo, me voy con el corazón en pedacitos porque siento que no logré nada como ser humano… aunque me esforcé por sí hacerlo, aunque quise glorificar a Dios en cada acción, no creo haberlo logrado. 

Pido a Dios me de chance, una vez más, de reivindicarme y poderme colocar en donde más le pueda SERVIR. Abre mis ojos Señor y que te encuentre. Perdóname por fallarte, una vez más. 

Espérenme mientras recojo las piezas rotas de mi identidad. Espérenme mientras me acuerdo de quién soy. Espérenme mientras me reencuentro. Me perdí un rato, pero ya me estoy acordando que nada es más importante que quienes nos acompañan día a día. 

Poco a poco, regreso.